Historias Amazónicas – El Monstruo Come Bosques

Historias Amazónicas – El Monstruo Come Bosques
Historias Amazónicas – El Monstruo Come Bosques

Hace un tiempo un joven del poblado de San Buenaventura nos contó una historia. De aquellas historias que retratan lo fantástico y mágico, van sazonadas con altas dosis de comedia y se mantienen siempre dentro de la halagadora verdad. La mayoría de las historias amazónicas son estelarizadas por animales y sus encuentros con humanos y pueden involucrar las ocurrencias más inimaginables.

Otras historias relatan seres mágicos y criaturas, y por más difícil de creer que sea para una persona moderna, son hechos, no ficciones. La historia que les voy a contar la escuché de un indígena llamado Rilver. Contiene animales y es muy mágica. Pero ésta historia es diferente, involucra a un ser mágico extraño, foráneo, un monstruo inimaginable con un deseo psicótico de drogas (en éste caso azúcar) y dinero que para conseguirlo se traga bosques enteros.

A través de un velo de inocencia y aparente insignificancia, podemos visualizar el evento en el tiempo que ésta historia predice, conforme describe un giro decisivo final del destino de los bosques amazónicos que quedan en Bolivia.

Rilver tiene 22 años, es el tercero en una familia de indígenas Uchupiamona, que hoy día viven en San Buenaventura guiando turistas dentro de sus bosques nativos y enseñándoles sobre su cultura. Rilver tiene un claro interés en las máquinas y los gadgets, y estaba usando hábilmente google maps en su celular para mostrarle a sus amigos turistas los diferentes lugares increíbles que podían visitar en los bosques circundantes.

Mientras tanto, estando en la zona, se le ocurrió mostrar las imágenes de la gigantesca mancha de deforestación que el nuevo Ingenio Azucarero San Buenaventura -EASBA- ha causado en sus bosques de infancia. Con una voz carismática y excesivo uso de lenguaje corporal, como es la naturaleza de los amazónicos cuando cuentan historias, nos encantó con su experiencia.

—«He ido el otro día por el camino que entra al ingenio. Tenés que ver esos chacos, gigantezcos, inmensos. Estaba con la moto ese día. Mieerda, esos chacos sí que son grandangos, deben ser cientos de hectáreas que tiene cada uno»

Easba Sugar factory and deforestation

EASBA y la deforestación. Foto: Mongabay 2016

Acercándose y alejándose, los dedos rápidos de Rilver cambiaban entre imágenes satelitales del 2013 y 2015 de los bosques alrededor de EASBA, donde se aprecia la repentina aparición de pisadas gigantes de 500 hectáreas de bosque que desaparecieron de repente sin que muchos lo notaran.

—«Debo haber conducido por veinte minutos por ese camino, y el chaco no terminaba. Es lejos eso. Así de grandes son. Por todo lado se mira.»

El silencio dominaba entre todos los presentes, yo, su familia, y unos cuantos turistas. La madre de Rilver, le hacía preguntas de manera que nadie más entendía, y le obligaba a continuar con la historia.

—«Ya está creciendo la caña, debe estar hasta por aquí.» señalaba su cintura.

—«Oye ma, he visto hartos animales en esos chacos» lo mirábamos asombrados, copiando su sonrisa.

—«He visto un huasos (venado),  un taitetú, meleros, vaya, hasta un tigrecillo he visto. Cualquier cantidad de animales hay en esos chacos»

Rilver sonreía mientras contaba la historia, haciéndonos sentir como si todo estuviera bien, como si ver muchos animales en un campo de caña fuera algo normal. Mientras plantaba mi sonrisa diplomática comencé a entender lo que la historia realmente significaba. No es normal ver animales en plantaciones de caña. No al menos en esa cantidad. Si esos animales estaban allí, es porque ése lugar era un bosque hasta hace pocos meses, que repentinamente desapareció frente a sus ojos, dejándolos a merodear en campos estériles bajo el sol, en la búsqueda de lo que alguna vez fue su hogar.

Esa imagen me acecha hasta hoy en día. Se ha convertido en una pesadilla, en la imagen viva de la destrucción. En una realidad boliviana del norte amazónico, en donde la agroindustria aún no existe, la conversión de bosques para cultivos y campos de pastoreo ocurre a baja escala y a una velocidad que permite que los animales huyan a los bosques circundantes o caigan presa de los cazadores que buscan carne para alimentar a sus familias.

Pero ésta deforestación sucedió tan rápido y es tan vasta, que los animales que allí vivían no tuvieron la oportunidad de huir o el destino de ser cazados por los lugareños. Estos animales tuvieron un destino peor, les tocó ver como su hogar desapareció frente a sus ojos, y próximamente morirán cazados o por inanición. Es la imagen viva, aterradora, del destino final de un bosque.

Un planeta que muere es una realidad por demás terrible. Como ambientalista, estoy consciente y educado en la severidad del problema; como humano, me cuesta respirar todos los días sintiendo cómo toda la vida desaparece. Es una pesadilla de la cual no se puede escapar. Una pesadilla que se expande, se hace más osucra, no basta que ya sea aterradora, que ya haya destruido el 70% de los bosques del planeta, va por lo que queda.

Es una pesadilla que se hace peor y más personal cuando ya sabiendo de su existencia llega a tu patio trasero. El río caigene donde llevaba a mi hijo hace cuatro años a nadar, hoy está seco. Allí donde hace unos años florecía un bosque con especies aún sin descubrir, hoy florece una refinería que enrojecerá los cielos por las zafras anuales. Y se pondrá peor, este es el comienzo de fin, mayores problemas están en camino.

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